El efecto en mi vida de la muerte de Payá

El sacrificio de la vida preciosa de Oswaldo José Payá Sardiñas, y de tantos otros mártires que le han precedido en esta modalidad de asesinatos selectivos, lejos de atemorizarme, me estimula a seguir adelante en mi ministerio que no puede excluir la condena a este régimen despótico. Cuando me despedía de mi amigo Juan Wilfredo Soto García, asesinado a golpes en mayo de 2011, ya preguntaba quién sería la próxima victima en uno de los post que entonces escribí, y hemos sepultado tras él a Laura Pollán (octubre, 2011), a Wilman Villar Mendoza (enero, 2012) y ahora a Payá (Julio, 2012). Soy heredero de una multitud incontable de mártires que prefirieron morir a negarse a predicar o a vivir la fe liberadora de Jesucristo, la misma que motivó la vida y obra del insustituible autor del Proyecto Varela. En este sentido, como seguidor de un Jesús que me dio ejemplo al no rehuir la cruz, y que nos pide seguirle cargando también la nuestra, hago mías, como también las hizo Payá, sus propias palabras de respuesta ante las amenazas de muerte enviadas por Herodes: Vayan y díganle a esa zorra que hoy y mañana estaré expulsando demonios y curando a los enfermos, y que el tercer día ya habré terminado. Aunque, en verdad, hoy y mañana y pasado mañana deberé seguir mi viaje hasta llegar a Jerusalén. Después de todo, allí es donde matan a los profetas (Lucas 13.32-33, TLA). Pero lo que a lo largo de la historia nunca parecen aprender las tiranías es lo que el mismo Payá ya había advertido a los tiranos: Cuidado con estos muertos que matáis, pueden espolear el ansia de libertad del pueblo.

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