Detenciones arbitrarias; y arbitrarias decisiones

Entre el 23 de febrero y el 24 de febrero estuve arbitrariamente detenido durante 26 horas. Me encontraba en La Habana con la responsabilidad de participar como director espiritual en un retiro espiritual con sede en las instalaciones de una iglesia de Centro Habana cuando se produjo allí la cacería humana que tuvo lugar en ocasión del primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata Tamayo en la calle Neptuno, desde Marqués González hasta la Universidad. El año anterior en esas mismas fechas también me encontraba allí por la misma razón, además de que había coincidido con la 101 Asamblea Anual de la Convención. Para los que creen que planifico las cosas, cómo imaginar que aquel triste día habría de morir aquel pobre constructor de raza negra de voluntad inquebrantable. Ya narré en post anteriores cómo transité Neptuno la noche del 24 de febrero del 2010, luego de terminado el programa de la Convención para firmar el libro de condolencias que había sido abierto, y continué después hasta la estación policial de Infanta y Amenidad para esperar la liberación de un grupo de ciudadanos que, al ir a firmar el mismo libro por la tarde, habían sido atrapados violentamente por la policía política, entre ellos el colega pastor Ricardo Santiago.

Este nuevo año, aunque sabía que la Capital estaría peligrosa, por ninguna razón dejaría de cumplir con las responsabilidades espirituales planificadas desde meses atrás. Lejos estaba de imaginar que estaría yo entre los atrapados y que mi homenaje a Zapata sería tras las rejas esta vez. La mañana del 23 de febrero, y sintiendo evidentemente lo caldeado de la atmósfera me mezclé entre las multitudes con dos mujeres vestidas de blanco que armadas con gladiolos en sus manos transitaban la misma calle que yo. Nos presentamos y conversamos animadamente por espacio de unas cuadras, eran Juana Oquendo y Lilia Castañer. De repente, y en una esquina cercana a Neptuno que ahora no podría precisar, unos fornidos civiles se abalanzaron sobre ellas con el objetivo de introducirlas por la fuerza a un auto de matrícula privada. Evidentemente protesté ante tanto abuso y corrí la misma suerte que ambas. Me emocioné mucho cuando de repente me vi dentro de la estación de Infanta y Amenidad, la misma ante la cual un año antes yo había esperado a los entonces arbitrariamente detenidos. Un rato después me trasladaban hasta una estación en Santiago de las Vegas donde permanecí hasta el día siguiente en la tarde.

Doy gracias a Dios por permitirme vivir en carne propia lo que innumerables veces otros me habían contado. Aunque fue divulgado en Twitter, como es propio de este servicio de urgencia e inmediatez, no escribí ningún post al respecto en espera de la 102 Asamblea Anual de la Convención. Esta es mi familia, la Asociación a la que pertenezco, porque no milito otra, y consideré que era en su marco donde debía hacer completamente público mi testimonio con una propuesta de moción, no buscando se me defendiese a mí sino a mujeres como las que yo había visto maltratar convencido de que tales procedimientos, y obviando cualquier posición política, iban en contra de nuestra más elemental ética cristiana.

Permanecí callado todo un mes dedicado al trabajo pastoral en Taguayabón. ¿Qué objeto tenía ponerme a vociferar en mi pequeño y maltratado pueblito donde hay tanto que hacer, y especialmente si dos días después de mi liberación, el sábado 26, un tal agente Emilio afirmaba, en el primer capítulo de una serie televisiva, que experiencias como la mía eran inventadas?

Así llegó por fin nuestra Asamblea y el miércoles 23 de marzo, exactamente un mes después del secuestro, en la Segunda Sesión, en el tiempo de aprobación de la Agenda, que incluía los Asuntos Varios, mi propuesta de moción quedó incluida para ser discutida en la Sexta Sesión del viernes 25 como Asunto Número 6. Amenazas recibidas aquella misma noche después de concluida la Tercera Sesión solo consiguieron reafirmarme en mi posición de presentar la moción, no se trataba de mí, sino de mujeres abusadas, estaba seguro que el Señor Jesucristo habría hecho lo mismo que yo si hubiese estado en mi lugar, o mucho más.

De modo que definitivamente en el tiempo planificado tuve el privilegio que nuevamente agradezco a la Asamblea de que se me permitiera presentar mi moción con el objetivo de que dejara de ser mía y se convirtiera en la de todos mis hermanos. Tratándose de actos tan viles yo daba por seguro que nuestra ética cristiana no podría adoptar una postura de desidia.

Mi moción prosperó: numerosas manos se levantaron para secundarla. Tuve las tres palabras a favor escogidas de entre otras numerosas manos que se levantaron para ofrecerlas y emitieron argumentos sólidos con sustento bíblico. Los tres criterios en contra, a mi modo de ver, solo fortalecían mi asunto, ya que esgrimían argumentos incongruentes, ingenuos y carentes de una sólida base ético-teológica, aunque les escuché y acepté con el mayor respeto. La propuesta de una moción sustituta, que buscaba resucitar una comisión de principios bautistas que años atrás, y evadiendo discusiones similares, había quedado disuelta, también la consideré una buena posibilidad, ya que los por cuantos que anteceden la mía, lo que demuestran es que algo debíamos hacer.

Hasta aquí todo transitaba por los caminos normales, incluso uno de los hermanos que habló a favor de mi moción felicitó a la Asamblea por la madurez con que estaba tratando cada asunto. Pero evidentemente existían orientaciones ¨superiores¨ de que tal moción no podría ser aprobada por la Asamblea. Sin lugar a dudas son muchos los compromisos contraídos con la manipuladora Oficina de Atención a los Asuntos Religiosos del PCC y esta se hizo sentir inexorablemente boicoteando nuestra democracia.

Del modo empleado para desviar el curso lógico de la moción (su aprobación; o al menos aprobación de una moción sustituta) no daré detalles ni identificación, como tampoco lo hice respecto a la amenaza recibida en la noche del miércoles dado que considero se trata de un problema a resolver todavía dentro del seno de la Asamblea y no fuera de ella. Por ello no sería saludable dar a conocer detalles que harían más perjuicio que bien a la única Asociación de la que formo parte y en la que espero todavía firmemente incidir con mi vida, trabajo y servicio para gloria de Dios y en tiempos de cosecha. Amo a la Convención Bautista de Cuba Occidental, en la que nací y me he ido formando, e intentaré aún hacer lo que esté a mi corto alcance por no dividirla ni perjudicarla, como algunos mal o bien intencionadamente han sugerido. Si tal hubiese sido mi objetivo real la mejor oportunidad me fue ofrecida en la manera tan indecorosa de interferir el tratamiento normal de una moción sumamente moderada, y si o se debía habría creado una verdadera crisis, pero preferí ser yo el afectado antes que la Obra.

Solo diré que los juicios y descalificativos públicos emitidos hacia mi ministerio y a los que sabía corría el riesgo de exponerme como consecuencia del ejercicio de mi libertad son dignos de uno de esos programas mal llamados «Las Razones de Cuba», culebrón televisivo que cada lunes aparece ahora en nuestras pantallas para lapidar a ciudadanos honestos sin derecho a réplica. Sin dudas los argumentos nacieron en el seno de la ominosa Oficina de Atención a los Asuntos Religiosos. Qué pena que hasta nuestro Parlamento llegue y decida la voz de este Departamento político por quien sin dudas fuimos manipulados. No se disimuló siquiera su terminología y hubo eco incluso hasta de los injustos descalificativos emitidos contra la ciudadana Yoani Sánchez como si al aliarme a ella en sincera amistad, que no niego, se me descalificara también a mí y esto me invalidara para presentar una moción que es y continuará siendo una necesidad, independientemente de mis cualidades o mis actos, ya que siempre que se busquen, se encontrarán defectos en mí, porque nada humano me es ajeno.

En conclusión, ante una situación aparentemente sin salida, alguien optó por una moción subsidiaria: que el asunto volviera a la mesa para colocarse en carpeta, y esto último fue lo que se decidió por mayoría.

A pesar de tan lamentable desenlace me satisface el hecho de pensar que en ningún momento la Asamblea puso en duda la existencia de la violencia ejercida por el régimen, fue algo que se dio por sentado. Y esto en nuestro tradicional inmovilismo claro que constituye en enorme paso de avance. Por otra parte mi presentación y defensa contribuyó a informar a muchos hermanos totalmente desinformados, lo cual no es nada asombroso teniéndose en cuenta la censura informativa impuesta por del Sistema.

A pesar del desenlace, mi más profundo respeto nuevamente por la Asamblea, reitero mi felicitación por permitírseme expresarme al presentar y defender mi moción, que lamentablemente permaneció siendo solo eso, mi moción y no de toda la Convención, como considero aún que era el propósito divino. Solo dejar clara mi tristeza por la facilidad con que un asunto tan serio fue devuelto a la mesa. No quisiera nunca que cuando nuestras oportunidades pasen, la implacable historia cumpla también en nosotros las tristes palabras del mártir de la iglesia confesante alemana Dietrich Bonhoeffer con las que me despedí en aquel momento:

«Hemos sido testigos silenciosos de hechos malvados, hemos aprendido muchos ardides, hemos aprendido las artes de la simulación y el lenguaje ambiguo; la experiencia nos ha enseñado a recelar de otras personas y bastantes veces hemos sido parcos con la verdad y las palabras francas; conflictos insoportables nos han hecho dóciles o tal vez incluso cínicos… ¿Somos todavía de alguna utilidad? » (Palabras del ensayo Después de Diez Años, diciembre 1942).

Es mi solemne promesa a Dios que haré todo lo que esté a mi alcance para que así no sea. ¡Dios bendiga a Cuba! ¡Cuba para Cristo, y Cristo para Cuba!

Pbro. Mario Félix Lleonart Barroso

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